Manejaba con soltura el ordenador. Había aprendido a leer y escribir
en tres idiomas, además del suyo. Tenía conocimientos de contabilidad
y era egresada de una excelente escuela de secretarias. Con semejante
preparación, no le dio mucho trabajo conseguir empleo y empezó a
laborar en un Banco, hasta que una crisis aguda en la economía
nacional que afectó todo el sistema bancario, la dejó en la calle.-
Agotado el dinero de la indemnización percibida, se encontró en la
imperiosa necesidad de volver a trabajar y estaba dispuesta a hacer
cualquier cosa que le asegurara la comida diaria. Empezó la búsqueda
con muchas pretensiones y, al principio, habría rechazado cualquier
propuesta que no mejorara las condiciones de la actividad en que había
sido cesada.-
Redujo sus expectativas un poco, cuando la cruda realidad de un
mercado de trabajo distorsionado por la dura crisis, se le impuso con
evidencia. Al tiempo de haber terminado con los últimos recursos de
que disponía y cuando ya no tenía más a quien pedir prestado o
reclamar ayuda, estuvo dispuesta a conformarse con cualquier cosa.
Razonó que, ya que iba a ganar muy poco, sería mejor ofrecer su mejor
servicio como secretaria aunque fuera por el sueldo de una obrera poco
calificada, en vez de aceptar la tarea y condiciones de trabajo que
-por esa misma retribución- le corresponderían. De este modo, se
aseguraría, al menos, la dedicación a una tarea que le gustara, con el
argumento de que, ya que iba a estar mal retribuida, deseaba
asegurarse de encontrarse desempeñando la labor de su agrado. Dejaba
de lado el hecho de que la tarea más jerarquizada le implicaría
mayores compromisos, superiores responsabilidades, más dedicación
intelectual y, por ende, más esfuerzo.-
Pero ninguna empresa aceptó, en este medio, una secretaria ejecutiva
tan calificada, bien preparada y con brillantes antecedentes, que
estuviese misteriosamente dispuesta a ganar lo mismo que el menos
calificado de los peones de limpieza.-
Y un día, descubrió el "teletrabajo" y se dio cuenta de que podía
servir a quien estuviera operando desde otro mercado, o sea que, ajeno
a la crisis económica local.-
La búsqueda por Internet rindió sus frutos en forma inmediata, al
punto de que resultó seleccionada y contratada en menos de un mes, por
una institución financiera trasnacional que la dejó a cargo de una
especie de oficina virtual que cumplía funciones de diversa
naturaleza, todas las cuales podía desempeñar desde su propia casa
inicialmente y en un pequeño escritorio arrendado en el centro de la
ciudad, cuando tuvo la certeza de que el vínculo adquiría suficiente
estabilidad.-
Se encargó de instalar, por cuenta de la compañía, una oficina de un
solo ambiente, muy bien decorada -porque era la cara visible de la
empresa en múltiples conferencias telefónicas llevadas a cabo mediando
cámara y micrófono- donde cobraba singular protagonismo el más
sofisticado y moderno procesador electrónico, sobre un escritorio
despojado de papeles (o conteniendo los mínimamente necesarios), una
pantalla de última generación de dimensiones extraordinarias y el
teléfono.-
A lo largo de extensas jornadas que sincronizaba con los horarios de
las diferentes sedes de la empresa - de las que había una en cada
continente- la joven atendía el teléfono, redactaba comunicados que
difundía por correo electrónico, traducía documentos de un idioma al
otro, registraba virtualmente asientos contables, operaba planillas
electrónicas sofisticadas, respaldaba información que archivaba
digitalmente y en fin, trabajaba algo más que de sol a sol, estando en
contacto permanente y -como ahora suele decirse- "en tiempo real", con
el mundo todo.-
Se enteraba de cuanto ocurría en las Bolsas de Valores de todo el
mundo en el mismísimo momento en que cada acontecimiento sucedía;
recibía al minuto las novedades del orbe, las analizaba, resumía,
difundía entre clientes cuya nómina le suministraba la empresa.-
La información fluía a raudales, proveniente de los lugares más
recónditos y a costa de vivir pendiente de cuanto le llegaba por medio
de su computadora, se sentía una residente del mundo. No había
frontera que la detuviera; porque en ese universo virtual, viajar de
París a Moscú, pasando por Londres, y regresar a Montevideo, no
requería pasaporte ni llevaba más tiempo que el de apretar un par de
teclas o digitar un botón del "Mouse".-
Cuando se acostaba a dormir, cada noche en su casa, tenía la sensación
de haber estado recorriendo decenas de miles de kilómetros y se
extrañaba de no padecer cansancio alguno. Mantenía más estrecha
relación con sus colegas europeos, asiáticos o africanos que con su
propia familia y sus vecinos, a quienes -de a poco- fue dejando de
ver, para tan sólo conservar el contacto que algún mensaje esporádico
trasmitido por correo electrónico le generaba.-
No rendía cuentas a nadie en cuanto a la forma en que preparaba,
ordenaba y ejecutaba su tarea. Sólo era necesario que cumpliera con la
que se le encomendaba en el tiempo asignado y si ello le requería
dedicar sábados, domingos y feriados, lo hacía sin protestar, porque
no tenía nadie a quien dirigir su queja personalmente, pero -también-
porque le agradaba la responsabilidad asumida y -sobre todo- el sueldo
que cobraba una vez al mes y con toda regularidad por medio de un giro
bancario.-
Pero semejante dedicación, que a otros hubiese resultado extenuante,
se le antojaba cada día más y más entretenida; la hacía sentirse
importante y mundana. A pesar de que su vida era exterior y realmente
austera, opaca y solitaria, tenía la impresión de vivir en medio de la
más elegante y cosmopolita de las sociedades, conversando ahora con un
poderoso industrial sito en su oficina de Hong Kong y, al rato,
atendiendo la llamada del Presidente de un Banco desde su despacho en
Manhattan. Por la tarde conferenciaría larga y desinhibidamente con un
secretario del Príncipe de Liechtenstein y antes de concluir la
jornada respondería aquella carta escrita por el Gerente General de la
Sede francesa, a quien imaginaba leyéndola en su piso de la Avenue
Foch, muy próxima al Bois de Boulogne, de todo lo cual no tenía otra
referencia que la dirección escrita en el membrete digital de su
correo electrónico.-
Por más conectada que estuviera con todo ese mundo extraordinario y
ajeno al de su más íntimo entorno, ella igual terminó por aumentar su
aislamiento real, pues -salvo el mozo que traía su café a media mañana
y mitad de la tarde, desde el bar de la esquina- no veía ni hablaba
con más nadie y no salía a la calle ni para almorzar, ya que comía
frugalmente lo que ella misma traía preparado de su casa.-
Era de las primeras en llegar al edificio y una de las últimas en
retirarse, de modo que no se cruzaba con casi nadie. Se subía al
vehículo utilitario pero moderno que había podido comprar en cuotas
con los generosos ingresos que le generaba su trabajo y no tomaba más
contacto que con el portero del apartamento en que residía y el
administrador del escritorio arrendado, que la visitaba una vez al mes
para cobrar la renta y los gastos del condominio.-
Ocurrió un viernes que, ya entrada la noche, todavía permanecía en la
oficina a espera de cierta confirmación que debía llegar de las
antípodas del mundo, desde un lugar que empezaba la jornada a la hora
en que en este hemisferio uno se va a dormir. Un ruido inusual e
inesperado y unas voces desconocidas la sorprendieron y asustaron. No
provenían del parlante de la computadora. No eran en inglés, ni
alemán, ni francés; apenas español, muy rioplatense y casi lunfardo.-
Tres sujetos desconocidos entraron violentamente al escritorio,
seguramente suponiendo que no había nadie adentro, con intención de
robar. Se sorprendieron tanto ellos como nuestra amiga, la secretaria
internacional. Y también se asustaron. El miedo y la sorpresa los
descontrolaron. Ella gritó y los ladrones lo hicieron más fuerte aún.
Le ordenaron silencio y obedeció. Pero cuando la comunicación que
aguardaba le llegó, conectó el sistema con el otro extremo del mundo y
pidió auxilio, a los gritos, en un idioma que a los asaltantes resultó
desconocido, pero igualito al que escuchaban en el cine. Uno de ellos
le propinó un fuerte, instintivo y repentino golpe en la cabeza con un
florero de cristal, que fue lo que encontró más a mano. Sonó a vidrios
y huesos rotos.-
Ella dejó caer su cabeza sobre el teclado de la computadora y perdió
el conocimiento mientras que una profunda herida disparaba un chorro
de sangre que enrojecía el pelo, la cara y la mesa. Los ladrones
huyeron asustados y sin llevar nada, cerrando la puerta tras de sí.
Dejaron todo como si nunca hubieran entrado. En la pantalla de la
computadora aparecía la cara de quien había procurado la comunicación
desde el otro extremo del mundo, impresionado y desconcertado por las
imágenes que, desde el escritorio, le llegaban a través de esa cámara
que acababa de captar todo lo ocurrido.-
El mundo entero tuvo noticia -en décimas de segundos- de cuanto le
sucedía a la secretaria. La novedad se difundió velozmente en la
interna de la compañía sin que nadie supiese precisamente qué hacer o
cómo reaccionar. La joven murió por la fractura de su cráneo y nadie
se enteró de ello en Montevideo, hasta que -al lunes siguiente- la
limpiadora de la oficina la encontró yaciendo sobre su procesador. No
hubo pariente ni vecino que la extrañara a lo largo de todo ese
tiempo, ni nadie de su entorno que hubiera podido acudir y auxiliarla,
aunque su muerte había sido trasmitida en vivo (vaya ironía)
directamente y vía satélite a cada agencia de la multinacional para la
que prestaba servicios.-
Es que aunque ella sentía que tenía al mundo en sus manos, en
realidad, no tenía nada.- E.B.A. (Julio 2008)