En ocasión de un viaje a Brasil, hace ya un cuarto de siglo (por lo
menos), mis circunstanciales compañeros de excursión y yo, arrendamos
un auto en la ciudad de Porto Alegre, con el propósito de trasladarnos
por tierra hasta Florianópolis. Nos entregaron un vehículo que estaba
casi a estrenar ya que no había recorrido, todavía, ni mil kilómetros,
y confiado en las bondades del flamante automóvil, propuse que nos
trasladáramos, inicialmente, por la playa. Lo que pretendía era ir
circulando, directamente, sobre la arena y junto a la orilla del
océano, dado que creía recordar que unos amigos de la infancia me
habían relatado haber hecho, ellos mismos, muchos años antes, similar
trayecto. Se trataba de ir desde alguno de los primeros balnearios
situados al norte de Porto Alegre, hasta la ciudad de Torres, hermoso
balneario de Rio Grande do Sul en que muchos argentinos y uruguayos
veraneaban antes de que las costas del Estado de Santa Catarina
adquirieran la popularidad que hoy tienen.-
El recuerdo de la narración de quienes me habían precedido unos
cuantos años en semejante recorrido, me estimuló sobremanera, y
entusiasmó a mis compañeros de viaje, a quienes convencí sin mucho
trabajo, venciendo los iniciales reparos de todos ellos, que juzgaba
innecesariamente arriesgada mi invitación.-
Fue un mediodía fresco y muy nublado de un sábado de principios del
mes de abril, la ocasión en que, después de haber almorzado
frugalmente el producto de unas compras hechas en la ruta, llegamos a
Capao da Canoa, a unos 140 kilómetros de Porto Alegre. Allí decidimos
descender con el auto hasta la playa para examinar las posibilidades
de concretar el proyecto.-
El balneario conservaba el espíritu de la aldea que le dio origen
aunque a los iniciales ranchos de 1920 se habían ido sumando, a lo
largo de la costa y en el ancho de unas pocas cuadras, las todavía
austeras casas de veraneo que precedieron a la moderna Capao actual,
dotada ésta de una sucesión de numerosos edificios de apartamentos y
de una extensa red de comercios, discotecas, bares y restaurantes, que
fueron construidos frente al mar.-
Comprobamos que no había gente en la playa, salvo unos pocos y muy
esparcidos lugareños pescando, como tampoco la había en todo Capao,
localidad que recorrimos en pocos minutos para comprobar que ni el
clima ni la época del año eran los más propicios para el turismo, que
es la fuente, casi excluyente, que la nutre de pobladores. Como no
existía ruta o vía costera, cada calle perpendicular al mar terminaba
en la arena, y ésta era plana, dura y apisonada como para soportar la
circulación de nuestro auto sin dificultad alguna. Desde ese punto
hasta la ciudad de Torres, la playa se extiende a lo largo de una
línea muy recta que no resulta interrumpida por ningún accidente
geográfico de consideración a lo largo de 65 kilómetros de trayecto.-
Cierta cautela fue imperiosamente necesaria al principio del
recorrido, mientras aguardábamos saber si algún obstáculo habría de
poder oponérsenos. Al inicio nos preocupamos por las condiciones que
ofreciese la naturaleza y, luego, por la eventualidad de que alguien
se opusiera o interpusiera, como habrían podido ser, por ejemplo, la
autoridad policial o naval con jurisdicción en la zona. Pero nada de
eso ocurrió y nuestra inicial timidez fue sustituida por una marcada
euforia que nos convirtió cada vez más en cinco jóvenes algo
temerarios, conduciendo un automóvil a buena velocidad, por la
desértica playa, arrimándonos osadamente al océano y dejando –por
momentos- que la ola nos alcanzara y cruzara de derecha a izquierda
por debajo del auto, para así disfrutar del espectáculo que provocaba
el agua saltando, parecido al que podría causar una veloz lancha
surcando el mar.-
Lo que no previmos ni se nos ocurrió nunca, por virtud de la confianza
que a mi me había merecido el recuerdo de aquellos amigos que me
habían relatado haber hecho el mismo recorrido mucho tiempo antes, fue
que a lo largo de tanta costa, por más que no hubiera rocas, ni cabos
o penínsulas o dunas de arena blanda e intransitable, difícil era que
pudiera no haber ninguna barra de arroyo, cañada o desague que
desembocara en el mar. Y la verdad es que los hubo. Empezaron a
aparecer cuando ya llevábamos circulando un buen rato y no quisimos
volver atrás. Nos imaginamos que el auto habría de cruzarlos sin
dificultades, puesto que mis amigos lo habían conseguido hacer, mucho
antes que nosotros. Y, aunque en una oportunidad tuvimos que frenar
porque percibimos que la desembocadura era algo ancha (y un poco más
profunda) que las que ya habíamos transpuesto, lo cierto es que las
dificultades propiamente dichas no nos las plantearon esas corrientes
de agua, sino el mar y sus olas. Cuando nos detuvimos para comprobar
la profundidad de esa cañada que se nos antojó riesgosa, dos o tres
olas barrieron el piso de arena por debajo del auto y lo cruzaron de
un lado a otro. Fue suficiente para que las cuatro ruedas se
enterraran y el chasis quedara depositado sobre el fondo.-
Sólo la buena suerte explica que, aunque muy poca gente habíamos
cruzado por esos paisajes, justamente allí, y a muy poca distancia del
incidente, un grupo de pescadores de buen humor y mejor disposición
estuvieran atentos a lo ocurrido, preparados para darnos una buena
mano y con capacidad para sacarnos del atolladero.-
Como no es el centro de la historia la narración de la aventura de esa
tarde, abreviaré lo ocurrido y diré que, antes del anochecer, pudimos
llegar a Torres y, no obstante la dificultad -porque salir de la playa
hacia la ruta o la calle no era allí tan fácil como lo había sido en
Capao hacer el camino inverso- terminamos volviendo a circular por
donde Dios mandaba …
Transcurridos más de 20 años de aquel incidente, conversé, un día y
por primera vez, del hecho, con uno de aquellos amigos que se me
habían anticipado en la travesía y cuya narración guardada largo
tiempo en mi memoria, nos había sugerido y estimulado a atravesar
semejante aventura. Para mi sorpresa, quedó absolutamente atónito y me
dijo que lo que habíamos hecho había sido un rotundo disparate; porque
ellos nunca habían circulado por la playa y, mucho menos, en un
trayecto de tal extensión. Agregando, luego, que yo seguramente
recordaba parcialmente el relato o había mal interpretado su
narración. Porque cuando dijeron que habían podido viajar un extenso
trayecto por la costa, lo que querían significar era que habían
transitado un pintoresco camino ribereño que, aunque precario y en mal
estado, siempre era menos arriesgado que el que habíamos elegido
nosotros.-
Quedé pensando en cómo el error de interpretación en mi caso y la
incorrecta información de los demás, habían generado la confianza
necesaria para acometer semejante empresa y correr inconscientemente
los riesgos inherentes. Y recordé entonces, –aunque salvando las
distancias en la comparación- una anécdota histórica que no puedo
evitar compartir con Ustedes.-
Miguel Ángel Buonarroti asumió un día el compromiso de ejecutar una
escultura, empleando un bloque de mármol que había ya empezado a
tallar mucho antes que él Agostino di Ducio, quien había renunciado a
su labor debido a los insatisfactorios resultados obtenidos. A
consecuencia de esto, quedó la piedra prácticamente inservible y
abandonada durante mucho tiempo. El formidable escultor renacentista
no sólo osó asumir el compromiso de realizar su obra a partir de
semejante bloque declarado inutilizable, sino también el de ejecutar
la obra “ex uno lapide”, que quiere decir: en una sola pieza. Un reto
de esa naturaleza habría resultado impensable si no fuera que Miguel
Ángel había oído hablar de las míticas figuras clásicas hechas de una
sola piedra, o sea que sin unir varias partes talladas por separado
para componer la escultura. Obviamente, cualquier falla durante la
tarea, siempre que se tratase de esculpir la obra a partir de una
pieza, determinaba que todo el trabajo debiera ser desechado, motivo
por el cual los artistas descartan naturalmente semejante temeridad.-
Miguel Ángel encontró fundamento para su osadía, no sólo en la
confianza que tenía en sus propias dotes, sino en la versión de que
una formidable escultura griega -“Laoconte y sus hijos”- así había
sido hecha, en Rodas, unos 1.600 años antes.-
- “Si alguien pudo hacerlo, yo también puedo” – debe haber pensado
Miguel Ángel – y así extrajo de aquella piedra, la figura de David,
esa misma y formidable escultura que, vaciada en bronce de su original
sito en Florencia, nos vigila cotidianamente desde la explanada del
Palacio Municipal de Montevideo.-
Ahora bien, ocurre que en 1506, estando el escultor en Roma, tuvo
conocimiento de que se había desenterrado una estatua griega y,
entonces, fue a verla y terminó reconociendo el clásico Laoconte que
él había tomado por referencia para ejecutar una obra “ex uno lapide”.
Lo sorprendente es que, con un pequeño vistazo, el genio renacentista
advirtió que no estaba hecho de un único bloque, sino por el
ensamblaje de por lo menos cinco partes. Afortunadamente, la
equivocada versión –que provenía, según se sabe, de Plinio el Viejo-
supuso el desafío suficientemente motivador para que la genialidad de
Miguel Ángel se pusiera de manifiesto una vez más. En el otro caso
narrado, en cambio, la distorsión de la realidad solo logró despertar
la intrepidez de cinco jóvenes y los dispuso a correr algunos riesgos
que estaban más allá de todo gesto razonable. Pero no produjo ninguna
obra de arte, sino un mero episodio que los cinco convertimos en una
divertida anécdota de viaje.-