De pie, detrás del mostrador, se sentía como una reina en su trono.
Provista de poder absoluto en la sección “Autorizaciones” del
Departamento de Áreas Verdes de aquel municipio, ostentaba el cargo de
Jefe de Sección, grado III del escalafón funcional y estaba orgullosa
de esa carrera administrativa que había empezado a los veinte años y
que, unos meses más tarde, le brindaría la posibilidad de jubilarse.-
Si en otros casos fuese cierta aquella afirmación de que “el que sabe,
sabe, y el que no, es jefe” al menos en su situación, no lo era.
Conocía el reglamento al dedillo y de memoria. Estaba perfectamente al
tanto de cada vericueto de la cuestión y ello le daba esa autoridad de
que hacía gala entre compañeros de trabajo, subordinados o no y –por
sobre todo- delante de los gestionantes de permisos que colmaban la
oficina día tras día.-
Yo llegué al local en que estaba radicada la sección, con el propósito
de presentar mi solicitud de extracción de aquel plátano centenario
que había en la vereda del frente de mi casa, sabedor de que no podría
tumbarlo por mi cuenta ni demorar mucho en procurar su eliminación. Su
estado de debilidad era tal que corríase el riesgo de que la próxima
brisa fuerte lo tumbara.-
Eran las 8 de la mañana y la atención al público se iniciaría a las 8
y 30, de modo que tuve la suerte de posicionarme en el tercer lugar de
la fila que ya había empezado a formarse frente a la mesa en que un
cartelito declaraba: “para ser atendido retire su número” y escrito
con letra más pequeña, por debajo, anunciaba: “Evite las colas,
reclame número para ser atendido y preséntese en la ventanilla 9
cuando le llegue el turno”. Detrás de la mesa sólo estaba la silla
vacía que habría debido ocupar un conserje que brillaba por su
ausencia, tanto como ausente estaba el talonario con los números que
debíamos extraer.-
Pregunté a quienes se me habían anticipado dónde estaba el encargado
de la sección y me informaron que había pasado por allí a las 8 en
punto y se había ido al fondo de la sala a preparar el cafecito de la
mañana. Entonces advertí la presencia de un sujeto calvo de mediana
edad que revolvía con toda parsimonia, empleando un lápiz, un pocillo
con café instantáneo y agua. Concluyendo esto, lo colocó en un hornito
de microondas que, al parecer no funcionaba, porque el hombre dedicó
los siguientes quince minutos a desarmar el enchufe y volver a
armarlo. Como su labor no dio resultado, después de quejarse de la
ineficiencia de la sección mantenimiento, elevó su reproche a la Jefa
de la sección. Ésta le dijo que llenara el formulario 2214 y lo
mandara “a Central” para que alguien se ocupara de reparar el hornito
a la mayor brevedad.-
Cuando ya había transcurrido más de media hora, el encargado de los
números llegó a ocupar su silla y tomó asiento con cara de encontrarse
ya agotado aunque no había empezado aún su labor. Antes de que le
hiciéramos la pregunta de rigor: “¿Dónde están los números?”, atendió
una llamada a su teléfono móvil y se puso a comentar en voz alta y con
desinhibición, el partido de fútbol del fin de semana. La fila había
multiplicado su longitud por tres y los últimos –que ya no cabían en
el local- tiritaban de frío en la vereda, junto a la puerta de
entrada.-
Finalmente, la conversación se interrumpió, por lo visto, sin que
ninguno de los dos la cortara, entonces el hombre colocó la mano sobre
el micrófono de su celular y bloqueándolo se dirigió al primero de la
cola y le dijo:
- No quedan talonarios con números. Pero ya los reclamamos a la
sección correspondiente y deben de estar por llegar. – al tiempo que
nos miraba a todos con ese aire de superioridad que debe interpretarse
como “la satisfacción del deber cumplido” de quien se siente orgulloso
de haber hecho, con toda diligencia, lo que a su alcance estaba para
poner en funcionamiento la oficina ... aunque sin conseguirlo,
naturalmente.-
- Pero y si, mientras tanto, aprovechamos que la ventanilla 9 está
libre y su encargada (que era la Jefa aludida al principio) no tiene
nada que hacer … ¿No podrá empezar a atendernos aunque sea sin el
número correspondiente? – le inquirió el primero de la fila.-
- ¡De ninguna manera! – exclamó el funcionario. – ¿Acaso no ve que no
podemos apartarnos de esa rutina que estableció la superioridad,
precisamente, para evitar la formación de esas colas de las que tanto
se suelen quejar Uds.? – le recitó de un saque, señalando el letrero
que había sobre su escritorio.-
Yo miré hacia atrás y me quedé viendo esa larga fila que se había
formado frente a su mesa y se parecía tanto a la cola que querían
evitar que se formara frente a la ventanilla 9. Pero no hice ningún
comentario. Supuse que debía cuidar la ventaja de tener tan buena
ubicación y confié en el raciocinio de la Jefa que, consciente de
semejante situación, seguramente dispondría lo necesario y adecuado
sin necesidad de tener que discutir con el “distribuidor de números”,
que –mientras tanto- reanudaba su diálogo telefónico y protestaba en
voz alta por el gol anulado a su equipo.-
Pero la Jefa de Sección no se dio por aludida. Detrás de la ventanilla
9, con los lentes calzados a mitad de la nariz y oteando por encima de
ellos, su mirada se perdía en el vacío, mientras sus manos jugueteaban
con un par de sellitos de goma que, cada tanto, enjugaba en la
almohadilla de tinta, para estamparlos, luego, ruidosamente en unos
formularios que tenía delante.-
A las 9 y 30 decidí pedir a quienes estaban a mi lado que cuidaran mi
lugar en la fila y me adelanté unos pasos para dirigirme a la señora
Jefa. No me aproximé mucho, porque levantó la vista que tenía
sumergida en uno de los formularios y me espetó secamente:
- ¡Por favor! … No desarme la fila ni bloquee la circulación. Cuando
le toque el turno a su número será atendido como corresponde.-
Me quedé mirándola a los ojos –sorprendido- con la sospecha de que se
tratase de una broma. Pero su cara no era la de un bromista, ni su
tono el de quien está haciendo una chanza. Volví a mi lugar y, aunque
algo molesto, volví a renunciar al pataleo y aceptar las reglas de la
burocracia. Al fin y al cabo, sólo se trataba de esperar un poco más,
retirar el número, ser atendido en la ventanilla correspondiente,
llenar el formulario del caso, presentar la documentación de rigor que
ya tenía preparada, pagar la tasa correspondiente y volverme a casa
con la autorización para derribar el árbol.-
A las 10 llegó una camioneta con matrícula oficial que estacionó en la
puerta. Descendieron de ella tres funcionarios que venían de
“Proveeduría” con una caja que contenía los talonarios esperados. Uno
portaba la cajita debajo del brazo. Otro un legajo de papeles que
entregó a la señora Jefa para que controlara, tildara, firmara y
sellara en señal de haber recibido el paquete y el tercero no tenía
otra función aparente que no fuera la de acompañar a los portadores y
saludar uno a uno a cada funcionario local, deteniéndose a dialogar
con ellos el tiempo suficiente como para distraerlo de su tarea y
dejar que se siguiera acumulando gente; la mayoría de ella, como ya
dije, en la vereda.-
A las 10 y 30 se entregaron los números y a mi me correspondió,
obviamente el 3. Pero como la oficina no entregaba más que 15 números
por día –asunto del que no informaba nadie ni lo decía letrero alguno-
la mayoría de los presentes quedó sin atención. Un pequeño tumulto se
formó delante de la mesa del distribuidor y se elevaron voces de
protesta en todos los tonos imaginables. Desde el que pretendía
razonar con el funcionario preguntando porqué no habían avisado antes
de la limitación a 15, hasta los que, lisa y llanamente, le proferían
algún insulto que no llegué a distinguir pero que –parece ser-
provenían de quien debía conocer íntimamente a la familia del
empleado, porque generalmente dejaban saludos para su madre …
Unos pocos optaron por retirarse sin decir nada y otro, que no había
visto lo que a mi me había ocurrido un rato antes, decidió reclamar a
la Jefa suponiendo que de ella podría esperar la sensata receptividad
de un jerarca que percibe que su subordinado no ha actuado
correctamente. Pero la Jefa respondió con un gruñido y, gesticulando
aparatosamente, le demostró lo ocupada que estaba, señalando la enorme
cantidad de gente que tenía que atender: éramos los 15 privilegiados
que ya estábamos munidos del preciado numerito.-
El trámite de quien tenía el 1 fue rechazado in límine. Había “osado”
presentarse sin el título de propiedad de la casa frente a la que se
ubicaba el árbol que pretendía extraer. De nada sirvió que explicara
que él no era el propietario, sino el inquilino, pero que vivía allí
desde hacía 20 años y el paraíso que pretendía podar había introducido
sus raíces en la misma construcción, agrietando paredes, mientras que
las ramas golpeaban contra los vidrios de las ventanas con mucha
fuerza cada vez que las mecía el viento. También fue inútil que le
exhibiera fotos de la ruinosa condición en que el árbol estaba dejando
el frente de la residencia.-
- Estos formularios sólo prevén la posibilidad de que el peticionante
sea el propietario del inmueble- nos ilustró con escasa paciencia la
Sra. Jefa. – y si quien hace la gestión no lo es, deberá obtener aval
de aquél, con certificación notarial de firma.-
Repasé mentalmente mi situación y concluí que llevaba todo en orden y
nadie podría evitar que iniciara el trámite. Traía el título de
propiedad, una foto del plátano, la planilla de pago de todos los
impuestos municipales durante los últimos 10 años, mis documentos, el
presupuesto por el corte del árbol de una empresa autorizada y
debidamente inscripta en la oficina, una declaración jurada del
destino que iba a dar a la madera, y certificación notarial
acreditante de que ningún perro de la manzana usaba el árbol para
satisfacer sus necesidades fisiológicas. Todos documentos
razonablemente exigibles para una petición de esta naturaleza, de las
que había sido debidamente informado un mes antes (el tiempo que me
tomó reunirlos) en una visita anterior al local municipal.-
Una exclamación pronunciada a viva voz me sustrajo de las cavilaciones
en que estaba. Miré en dirección de la Jefa y comprobé que, después de
analizar detenida y concienzudamente la documentación presentada por
el titular del número 2, acababa de encontrar una omisión en que
fundar un nuevo rechazo.-
- ¡Pero como osa Ud. venir sin certificado de buena conducta expedido
por la seccional policial competente! - voceaba la señora Jefa,
esbozando una sonrisita malévola y mirando a uno y a otro lado para
pavonearse con el deleite que le producía el ejercicio de su poder
irrestricto.-
- ¿No entiende Usted que para que la municipalidad le autorice el uso
de una sierra eléctrica o mecánica en plena vía pública debe
cerciorarse de que su prontuario esté absolutamente limpio? … O es que
no conoce ni tuvo noticia de la fama del “loco de la motosierra”?
Razoné velozmente que yo había optado por una solicitud diferente y,
en vez de postularme personalmente para la tarea, venía con el
presupuesto de un tercero especialista y debidamente autorizado, que
habría de hacer la extracción. Estaba seguro, en consecuencia, de que
no había forma de que la señora Jefa pudiera rechazar mi pretensión.-
Entonces, me llegó el turno. Pero ya eran las 12 y la señora Jefa
pidió disculpas, con la misma sonrisa empleada ya tantas veces a lo
largo de la mañana, colgó un cartelito previamente preparado que
declaraba que se cerraba la ventanilla por 20 minutos que dedicaría a
almorzar y, sin mirar atrás, abandonó su puesto con indiferencia.-
Ya llevaba 4 horas en el local y 5 desde que había salido de casa, así
que yo también aproveché para ir al bar de la esquina, hacer uso de
sus instalaciones higiénicas, y comer un refuerzo de mortadela y
queso. Por supuesto que me cercioré previamente de que no perdería,
debido a esa pequeña debilidad, ni el número que me habían otorgado,
ni el derecho a ser atendido.-
Los minutos de los funcionarios públicos no tienen la misma duración
que los de cualquier ciudadano común. Son minutos elásticos. Tienen
unos 40 segundos, cuando se trata de medir la tarea efectiva y duran
como 120 cuando se trata de computar sus períodos de descanso. La
señora Jefa se reintegró y habilitó la ventanilla 9 cuando ya hacía
más de media hora que yo había vuelto de la esquina. Aguardaba
paciente y resignadamente mi turno, porque ya faltaba tan poco para
obtener el resultado buscado que me sentía de buen humor; dispuesto a
olvidar las peripecias de esa mañana. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo
y cierta nerviosa inquietud me ganó cuando miró en mi dirección
reclamando la entrega del número 3.-
- ¿En qué puedo servirle señor? – me dijo esbozando, nuevamente, esa
misma mueca entre irónica y complaciente que había exhibido todo el
tiempo.-
- Vengo a presentar la solicitud para extraer el plátano que tengo
delante de mi casa – dije con seriedad y cierto grado de alivio al
percibir que el fin de la odisea estaba, ahora, muy próximo.-
- ¿Y trajo todo lo necesario? – me preguntó con un dejo de sarcasmo,
como si estuviera expresando en realidad: “Seguro de que le falta
algún elemento esencial” …
Deposité sobre el mostrador un paquete con todo lo que –según me
habían informado- hacía falta. Y, por las dudas, le di tres fotos
carné, el certificado de la vacuna antivariólica y los recibos de pago
de la luz, el gas, el agua corriente y el teléfono, aunque todos esos
servicios están cortados en mi casa desde que las raíces del plátano
rompieron la cañería subterránea y sus ramas cortaron los cables
aéreos.-
Controló todo con esmerada atención. Una a una, fue pasando las hojas
de cada documento. Llenó con los datos más inverosímiles un formulario
de color rosado y creo que percibí que su cara se iba descomponiendo
poco a poco. Estoy seguro de que la vista se le había nublado un poco
y hasta juraría que percibí una lágrima que enjugó velozmente con un
pañuelo, antes de que empezara a correrle por la mejilla.-
Estampó su firma y un par de sellos al pie del formulario y me ordenó
que pasara por Caja a abonar la tasa de rigor mientras ella consultaba
con la asesoría jurídica y notarial para decidir si estaba en
condiciones de brindar aprobación a la solicitud presentada. Yo cumplí
sin chistar y regresé a su ventanilla. Su expresión se había
descompuesto un poco y la imagen de quien reina detrás del mostrador
se había convertido en la del último pinche de escritorio. Se vio
obligada a extenderme la autorización que había venido negando, con
fruición, a quienes me habían precedido. Y lo hizo diciéndome, sin
mirarme a los ojos:
- Está todo bien. Puede Usted proceder, pero hágalo rápidamente
–aconsejó maternalmente- porque si las cosas son como declara, su casa
corre serios riesgos y si se demora tendremos que sancionarlo con
alguna multa … Además, este permiso caduca en una semana y, si eso
ocurre, debe empezar todo el trámite de vuelta.-
- Gracias – le dije secamente – que tenga Usted un buen día.-
Me fui para casa con actitud triunfante, convencido de que había
logrado vencer las más perversas y casi sobrenaturales fuerzas de la
burocracia, yo solito. Estaba dispuesto a proceder rápidamente y no
volver nunca más. Pero no pude evitar regresar al día siguiente a
primera hora, porque al llegar a mi residencia encontré el árbol
caído, sus ramas superiores, que habían perforado el ventanal del
frente ocupaban casi íntegramente el comedor y las raíces habían
arrancado lo que todavía quedaba en pie del muro perimetral. Un camión
municipal de recolección de residuos había embestido el tronco y
volteado el plátano que yo pretendía extraer desde hacía tiempo.-
Entonces volví, como ya dije, y encaré a la señora funcionaria. Sin
que mediara palabra pasé por encima de la mesa del distribuidor de
números (sin solicitarle uno ¡y esto lo escandalizó!). Esbozó un
reclamo y yo me limité a empujarlo y dejarlo ridículamente sentado en
el piso.-
Sin que fuese mi turno, encaré a la Señora Jefe y fue cuando la tenía
tomada por el cuello con mis dos manos, que el guardia de seguridad me
detuvo y condujo a la comisaría, desde donde escribo este memorando
que espero entregar a mi abogado para que plantee la mejor defensa
posible ante el Juez que me tomará hoy declaración, antes de
procesarme por desacato y lesiones personales.-