Todos me decían que roncaba al dormir. Nunca me pareció extraño;
muchos lo hacen. Pero insistían en quejarse de lo elevado del sonido
que emitía, aquellos que tenían ocasión de pasar cerca (y aún no
tanto) de mi dormitorio.
En los veranos, me daba placer sentarme al sol, ya fuera en el jardín
de mi casa, en la piscina del Club o en cualquier playa. Me cocinaba
de cara al astro rey, dejándome llevar en brazos de Morfeo al paraíso
de los sueños. Un buen día, me sobresaltó y despertó mi propio
ronquido. Boca arriba y boquiabierto, fui fácil presa de un estertor
violento y súbito en que aspiré tanto aire junto que pasó -no sin
esfuerzo- por mi garganta emitiendo un gruñido que sonó como un
trueno. Ni el ruido de las olas del mar pudo cubrir y disimular aquel
sonido y los cuatro integrantes de una familia que descansaba bajo una
sombrilla no muy cercana, me miraron con inusitada sorpresa.
El episodio empezó a repetirse muy seguido y me convencí de que lo
elevado del ruido que yo mismo producía, era lo que me despertaba tan
alterado. Al fin y al cabo, no hacía sino comprobar lo que la gente me
decía:
¡Hermano! Es imposible conciliar el sueño o descansar a tu lado. … ¡Roncás
como una motosierra!
Y, lo que al principio me parecía una exageración; casi un agravio,
terminó por ser aceptado con resignación. Ocurre que -con el tiempo-
pasaba más horas despierto que dormido por las noches y, eran tantos
los sobresaltos, que empecé a sentirme cansado durante todo el día y a
quedarme dormido en todos lados… menos en mi cama. Lo hacía en el cine
y el teatro, en la oficina y frente a la computadora, en un
espectáculo deportivo, conduciendo el automóvil mientras esperaba el
cambio de semáforo, leyendo el diario y -ni que hablar- frente a la
televisión, que siempre me produjo abundantes efectos soporíferos.
Cabeceaba mejor que un centrodelantero; me quebraba el cuello tratando
de sostener la cabeza y mantener la atención, pero ingresaba
fácilmente en esa fase en que el deseo de dormir es, tan fuerte e
incontenible, que no nos resulta posible inhibirlo sin padecer
sufrimientos atroces y torturantes.
La lectura de un artículo en la prensa me permitió saber de quienes
tenían padecimientos semejantes y hasta me enteré de que el mal tenía
un nombre: "síndrome de apnea obstructiva del sueño" y era detectable
por la ciencia médica con unos estudios relativamente sencillos. Tuve
ocasión de aprender que los sobresaltos no eran propiamente debidos a
los mismos ronquidos -como yo pensaba- sino a que, en algunos
individuos, la tráquea se bloquea durante el sueño y evita que el aire
llegue a los pulmones. Ello produce alteraciones de la presión
arterial, disminución del flujo sanguíneo cerebral y otras
consecuencias que, en definitiva, aumentan los riesgos de enfermedad
vascular y deterioran significativamente la calidad de la vida.
Pedí a mi mujer y mis hijos que me controlaran el sueño y detectaran
si -realmente- dejaba de respirar. Todos me lo confirmaron, agregando
que, a veces, era tan prolongada la situación que temía que me
estuviese muriendo. Al tiempo acudí a los médicos y fui sometido a un
estudio con un equipo que registraba en siete canales la medida del
flujo respiratorio, los movimientos torácicos abdominales, la posición
corporal, el sonido (mediante micrófono), el nivel de oxígeno y el
ritmo cardíaco. Me impresionó ser sometido a semejante control durante
toda una noche, porque resultó ser más propio de una tarea de
espionaje que de la medicina propiamente dicha.
Me dejaron conectado por todos lados, y con muchos cables y tubos, a
un pequeño aparato que se me adhirió al cuerpo y -por su intermedio-
enteró al mundo médico de todo lo que hice esa noche en la cama que,
por suerte y por pudor, no pasó de dormir… al menos, mientras pude
hacerlo.
Soporté varias horas semejante ultraje físico y moral, aunque -a
veces- en una posición y otras en la contraria, de todo lo cual, junto
con el número de pulsaciones, la forma de cada inhalación y
exhalación, el tono de mis ronquidos y hasta los movimientos de tórax
y abdomen, quedó debida grabación que hizo pública mi intimidad. Faltó
tan sólo el registro fotográfico, lo cual me habría sometido al
escarnio más insultante, debido a esa ridícula apariencia de cruza de
"hombre nuclear" con piloto de prueba de la Nasa.
El resultado fue concluyente: padezco síndrome de apnea-hipoapneas de
grado severo, puesto que bloqueé mi respiración doscientos cuarenta
veces, esa noche, y tuve algunos episodios de un minuto y medio de
duración, tiempo durante el cual mi apariencia es muy semejante a la
de un muerto y el oxígeno que llega a mis neuronas se reduce al
extremo de permitir que se me excuse por la falta de memoria, el mal
humor, el cansancio, la somnolencia y hasta la baja calidad de estos
escritos …
No me sirve de consuelo saber que no era el ruido de mis propios
ronquidos lo que me despertaba; sino el estertor con que salía de cada
episodio de bloqueo y el esfuerzo inconsciente y automático que me
salva -a cada minuto- de morir asfixiado.
Pero, si en algún momento llegué a pensar que la ridícula imagen de
esa noche de estudios médicos, no volvería a repetirse, me equivoqué.
Porque no hay remedio para el mal que padezco (es incurable). Pero -no
obstante- se trata con lo que se llama "dispositivo de presión
positiva en vía aérea" (CPAP por sus iniciales en inglés) que consiste
en una máscara, tubos y un ventilador, todo lo cual induce presión
aérea que empuja la lengua hacia delante y abre la garganta.
Tengo que colocarme uno cada vez que duermo, inclusive para la siesta.
Debo viajar con él y hasta tiene un transformador que me permite
conectarlo a una batería de 12 voltios por si quiero "siestear" en el
automóvil o acampar y descansar en carpa. Podrán imaginar que,
conectado a semejante máquina, a la cual todavía no me he
acostumbrado, vuelvo a tener imagen semejante a la que antes
describía. En vez del hombre de la máscara de hierro que refirió Dumas
en su "Vizconde de Bragelonne" (y que últimamente, en el cine,
representara Leo Di Caprio) me he convertido en el "sujeto de la
máscara de plástico y siliconas", el hazmerreír de la casa, el
astronauta con pijama…
Tendré que dormir hasta el final de mis días enchufado a 220 voltios
con un "cordón umbilical" de sintético que nutre de oxígeno mi sangre.
Y aunque reduzca mis riesgos de morir de un infarto, no evitaré morir
de vergüenza cada noche al acostarme…
Pero, alguna ventaja tenía que tener. Mi entorno está contento porque
ahora no ronco. El único que percibe ruidos en la noche soy yo, (que
escucho el fluir del aire a presión que me infla, como si fuera una
Michelin)…
¡Ah! … Y, además, el próximo Carnaval no tendré que dedicar mucho
tiempo a conseguir el mejor disfraz, en el Baile Anual de Máscaras…