El Flaco Galán
Desparramó su ancho cuerpo en el asiento del autobús,
se quitó el sombrero y lo apoyó sobre una de
las rodillas, muy distante de la otra por virtud de esa gordura
que le obligaba a mantener las piernas bien separadas. De
la pronunciada calva chorrearon dos gotas de transpiración
que surcaron la frente, deteniéndose un instante en
cada arruga, y desbordando ambas cejas siguieron de largo.
Se vio obligado a extraer un pañuelo blanco del bolsillo
de la chaqueta y refregarse con él toda la cara, para
volver a guardarlo, arrugado y húmedo, en el mismo
lugar de donde había salido. Suspiró profundamente
y me sonó más a un ronquido grave que a la respiración
de cualquier persona normal. La agitación de la corrida
para alcanzar el ómnibus, el esfuerzo por trepar a
él con el vehículo ya puesto en marcha y la
escasa agilidad de su físico de más de ciento
veinte quilos le habían agotado.-
Desde el asiento de al lado, atravesando el corredor central,
lo observaba de reojo pues lo había reconocido desde
el mismísimo momento en que vi aparecer su cabeza por
detrás de la mampara que separa el asiento del guarda
de los dos escalones de la puerta de entrada. Era, ni más
ni menos que “el Flaco Galán”.-
Fuimos juntos a la escuela, de primero a sexto, y nos sentábamos
uno al lado del otro. Vivíamos en el mismo barrio,
la misma manzana. Jugábamos en el mismo equipo de “baby
fútbol”, él de puntero derecho (cuando
todavía se usaba) y yo de “centro fóbal”
como decía el director técnico del cuadro: el
“Serrucho Barboza” apodado así porque tenía
dientes de un solo lado y una barba desprolija y larga más
propia de guerrillero en la Sierra Maestra que de conductor
de niños futbolistas.-
Un día, cuando nos preparábamos para la final
de la categoría a disputarse el fin de semana siguiente,
el Serrucho me llamó aparte y me dijo:
- Negro, vos tenés que tomar el ejemplo de Galán.
Mirá su silueta, delgada y atlética. Advertí
cómo entrena y fijate si no se justifica que en la
cancha tenga, después, esa velocidad que determina
que no lo pare ningún “jás” ni lo
alcancen los guadañazos de los rivales. Negro, vos
estás comiendo mucho y entrenando poco. Si no parás
de hacer lo primero y empezás a dedicarte a lo segundo,
vas a acabar mal. En cambio, el “Flaco Galán”
está pa’ jugar en primera división …
Hoy te levanta a vos los centros, pero dentro de unos años
se los va a tirar al número 9 de la selección.
No te olvides. Mirá que yo sé de fóbal
y no me equivoco …
Pero El Serrucho no era el único que auguraba semejante
futuro a Galán. Todos creían lo mismo. Nuestros
compañeros, los padres de nuestros compañeros
y la mayoría de nuestros rivales. Galán estaba
destinado a las grandes ligas y yo -en cambio yo- terminaría
siendo un gordito más … y lo miraría por
TV.-
La visión de los técnicos de baby fútbol
era proverbial. Vislumbraban que uno llegaría a “crack”
cuando recién había debutado. Pero El Serrucho
no embocó una. Apostó tan mal en lo que a sus
dirigidos se refería como a los caballos en Maroñas.
Aunque anduvo siempre sin un peso, se las ingeniaba para conseguir
lo necesario para apostar en las carreras, aprovechando de
alguna “fija” que le pasaban muy malos informantes;
porque jamás embocó un buen premio.-
Envejeció pobre, alcohólico y solitario ya
que lo más importante que hizo en su vida fue haber
dirigido, durante décadas, aquel cuadrito de fútbol
barrial. El Flaco Galán no tuvo buen mentor y un día
dejó el deporte. También dejó los estudios
por la mitad de la secundaria, cuando todavía éramos
condiscípulos, y se fue a vivir al Interior, en un
tambo que tenía el abuelo. Volvió tiempo después,
convertido en ese obeso que es hoy, económicamente
fundido y espiritualmente demolido por el rigor de una vida
que le fue ingrata desde todo punto de vista.-
Un empleo público (sereno de la sede de la banda municipal
del departamento) que consiguió seguramente con la
tarjeta de recomendación que obtuvo en algún
Club Político, le garantizó una existencia menos
azarosa, rodeada de la rutinaria mediocridad que necesitaba.
De día, comía y dormía en casa. De noche,
entraba a trabajar cuando se iba el último músico,
encendía la radio y se sentaba para volver a comer
y dormir, aunque cada pocas horas (que nadie controlaba cuántas)
hacía una ronda de vigilancia por el edificio, para
volver a los 15 minutos a dormir y comer …
Había dejado de verlo al terminar segundo de liceo
y lo reencontré en el velorio de El Serrucho, 30 años
después. Ni lo reconocí, tal era el grado del
cambio en su figura. Pero él se me apersonó
y obligó a adivinar quién era. No sé
cuántas chances me dio pero estoy seguro de que no
fue en las diez primeras que acerté, cuando ya no me
quedaba más nadie a quien recordar a quien pudiera
asemejársele.-
Nos abrazamos y me dijo:
- ¡Negro! Estás igualito. ¿Y a mi cómo
me encontrás?
Era tan obvia la respuesta –ya que ni le había
reconocido- que me pareció una ingenuidad hacer la
pregunta. Pero habría sido una maldad responder la
verdad y le dije que me parecía el mismo de siempre…Quizás
debí decir: el mismo ingenuo …
Luego de breve charla en que intercambiamos recuerdos y
nos preguntamos recíprocamente a quién de nuestros
amigos de la infancia habíamos seguido viendo, nos
separamos con un nuevo abrazo y la promesa, nunca cumplida,
de volver a encontrarnos.-
Pasaron diez años, pero cuando lo vi ascender al
ómnibus supe que era él sin lugar a duda alguna.
El Flaco Galán, que de flaco no conserva nada y de
Galán, solamente el apellido.-
E.B.A.